viernes, 29 de mayo de 2009

Lenguaje: el poder de crear realidades

“¿No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el rango de acción de la mente? /…/ Cada año habrá menos palabras y el radio de acción de la conciencia será cada vez más pequeño.”
-George Orwell[1]


Las palabras nunca son neutrales ni inocentes. Las palabras tienen poder: describen y construyen realidades, que muchas veces no son más que mitos. El lenguaje es sin duda una forma de orden, con sus relaciones de dominio y de poder, está ligado definitivamente a la acción, puesto que a partir de lo que pensamos, nuestra construcción de lo que es el mundo vamos a actuar de tal o cual manera.

La posición y la percepción de los objetos y los hechos sociales están determinadas por los sistemas lingüísticos propios de cada cultura. El lenguaje como producto cultural es el reflejo de un modelo de sociedad, sustentado en principios ideológicos determinados que buscan implantar y perpetuar las relaciones de poder existentes. En la sociedad actual, la sociedad occidental[2], la inequidad de género se reproduce casi independientemente de la región geográfica en la que se encuentre, es más un patrón mental y social interiorizado. Y es que todo el complejo entramado social en cual interactuamos y nos desarrollamos los (¿y las?) seres humanos opaca y disminuye el papel y las capacidades de las mujeres dentro de la sociedad.

El lenguaje no solo tiene un nivel comunicativo-descriptivo, además cuenta con un nivel creativo, especialmente cuando nos referimos a cuestiones no materiales (acciones, adjetivos, características, hechos, etc.). A partir de la designación por medio de palabras se crea un esquema mental que produce la concepción propia de la realidad bajo referentes abstractos que sin embargo son la realidad. Es por esta causa que el lenguaje no es inocente, más bien tiene un uso imprescindible en la creación y perpetuación, o bien reformulación, de la realidad. En este sentido el lenguaje es un conjunto de relaciones de poder y dominación que brindan, a quien haga mejor uso de él o tenga su control legítimo, una posición ventajosa con respecto al resto por ser capaz determinar qué existe, cómo existe y cuáles son los atributos que lo/a hacen ser.

Las cosas empiezan a existir a partir de su nombramiento, y bajo este mismo principio cuando no se cuenta con una palabra para designar algo, esto simplemente no existe o desaparece: “la ausencia de vocablos para la designación de cosas existentes /.../ impide que se les perciba”.[3] Las palabras generan realidad y la manera en que la persona que tiene poder las utiliza para poder implantar su realidad por sobre las demás moldea las relaciones sociales.

Por ejemplo encontramos que no existen palabras tales como ‘genia’, ‘gerenta’, ‘amo de casa’ con lo cual se excluye de estos ámbitos que están reservados para cierto género (la mujer de hogar, el hombre de negocios y de ciencia), “el hecho de carecer de denominación, constituye una censura social”[4]. También se da que una misma palabra tenga significados tan distantes con solo cambiar el género, como perro y perra, zorro y zorra (como calificativos para personas) que generalmente adquieren un uso peyorativo cuando se adquiere modo femenino. Y sobretodo, es especialmente alarmante que en castellano se refiera en términos masculinos tanto a hombres como a mujeres (‘nosotros’, ‘bienvenidos’, ‘pasajeros’) y que se designe a toda la humanidad como hombres, dejando por fuera a toda la otra mitad de personas que además somos mujeres.

La importancia del lenguaje inclusivo remite a la visibilización de las mujeres y sus acciones en la sociedad, da el lugar que se merecen los logros de las mujeres ayudando a destruir el estereotipo de la mujer que no produce (económica, artística, intelectualmente, etc.) y resaltando las capacidades que tenemos para desempeñarnos en cualquier campo, aun los reservados por el patriarcado para los varones. Permitir que nos incluyan por añadidura en el término hombre significa renunciar a nuestra condición de mujer independiente y capaz, y tener que procurar un estatus masculino para poder sobresalir, reproduciendo así la discriminación y la segregación por género.

Así pues, dentro del lenguaje oficial se construye una realidad carente de mujeres en los ámbitos sobresalientes, en altos rangos, en posiciones de poder y decisión. Se genera una realidad de hombres con hombres al mando. Pero puesto que el lenguaje no es homogéneo, tampoco se puede hablar de la construcción de una sola realidad. En este sentido se aplica el planteamiento de Nietzsche[5] acerca de la existencia de muchas realidades. El poder va a ser el que va a permitir que una realidad sea impuesta sobre las otras. La realidad, en Nietzsche, es una construcción individual que deviene de la originalidad propia de cada persona y su manera de aprehender lo que hay a su alrededor. Sin embargo, existe también una realidad dominante cuya supremacía es impuesta mediante el discurso, como la verdadera realidad. Y para muestra de esto: el lenguaje oficial (regulado por una Real Academia de la Lengua), la educación formal, las instituciones, los modales socialmente aceptados, etc.

Desde esta perspectiva del poder se impone una visión del ser mujer y de sus implicaciones a nivel práctico. La construcción del estereotipo de mujer está basada en concepciones que no cuentan con bases tanto empíricas como científicas para que sea inferior al del hombre. Sin embargo su función es altamente importante para mantener las disparidades propias del sistema patriarcal ya que por medio de la exclusión de un grupo se exalta el otro que lo mancilla. Es a partir de esta construcción del mito que se fundamenta un solo modo de ver las cosas, y por lo tanto de actuar; y tanto hombres como las mismas mujeres tendemos a reproducir estos esquemas que obtenemos por medio de todos los procesos de socialización, aun en detrimento de nosotras mismas.

Ante esto resultan urgentes los cambios para alcanzar la equidad de género, para empoderarnos en nuestra condición de mujeres y reclamar nuestro bien merecido espacio en la sociedad. El primero de estos cambios es personal, tanto a nivel mental como a nivel práctico se debe cuestionar el patriarcado, el origen de las practicas cotidianas y de las percepciones e ideas entorno a todo. Pero además hay que ser cuidadosa/o en no reproducir comportamientos sexistas y excluyentes, por más inocentes que estos parezcan, como la caballerosidad por ejemplo.

Seguido a esto está el plano del lenguaje que, como se ha venido diciendo en este trabajo, está íntimamente ligado al rango de acción de la mente y de los hechos factuales. El lenguaje debe replantearse como una herramienta para conquistar espacios negados a las mujeres y para obtener mérito y sobresalir no como hombres, sino manteniendo la identidad propia. Si se entiende y se utiliza este valor tan grande del lenguaje, los procesos sociales de equidad de género resultarán mucho más fáciles y fluidos, porque esto propiciará el primer gran cambio: el mental.

A partir de esto ya podemos hablar de cambios en materia educativa, económica, política y todas las prácticas sociales. Sin embargo el primer paso es concretizarse y concienciar al resto, empoderarse como mujer y dar ese mismo sitio a todas las mujeres. Como sujetos/as histórico/as debemos asumir la responsabilidad de generar cambios culturales y no esperar que las cosas cambien solas dejando ser y dejando pasar.
[1] Orwell George. 1984. Barcelona: Ediciones Destino, segunda edición, 1980. p.61.
[2] Entiéndase Occidente como fenómeno de imposición cultural global más que a nivel geográfico.
[3] Calvo Yadira. A la mujer por la palabra. Heredia, Costa Rica: EUNA, 1990. pp.50-51.
[4] Ibíd. p.50.
[5] Vid. Nietzsche Friederich. La voluntad de poder. Madrid: EDAF, 2004. Foucault Michel. La verdad y las formas jurídicas. Madrid: GEDISA, 2003.

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